El día 28 de marzo de 2022 iniciamos nuestra andadura por tierras
portuguesas. La idea inicial —y aquí viene lo importante: inicial— era completar la famosa Rota Vicentina, desde
Santiago de Cacém hasta Cabo de San Vicente. Un plan perfecto, de esos que
suenan épicos cuando los cuentas… y que luego la realidad se encarga de
matizar. Y es que, como relataremos más adelante, a mitad de la aventura nos
cruzamos con un inesperado compañero de viaje: el COVID, que decidió unirse sin
invitación y obligarnos a regresar a casa antes de tiempo. Pero no adelantemos
acontecimientos.
Como buenos aventureros organizados (o al menos
eso intentábamos aparentar), lo primero que necesitábamos era contar con los
tracks de la ruta. Para ello recurrimos a páginas como Con Alforjas, donde las rutas están explicadas con todo lujo
de detalles, y a Wikiloc, imprescindible
para no acabar, literalmente, en mitad de la nada… aunque tampoco garantizaba
librarse del todo de despistes.
La Rota Vicentina puede realizarse de dos
formas: siguiendo la costa por el “Trilho dos Pescadores” o adentrándose por el
interior. Nosotros, cómo no, optamos por la opción más pintoresca… y también
más traicionera para las piernas: la ruta costera. Porque si vas a sufrir, al
menos que sea con buenas vistas.
Llegamos a Porto Covo, donde pasaríamos
nuestra primera noche, justo después de comer. Pero como todavía nos quedaban
energías (o inconsciencia), decidimos aprovechar la tarde para hacer una
especie de etapa prólogo: desde Santiago de Cacém hasta Porto Covo, unos nada
despreciables 26,7 km. Sobre el papel, el recorrido era totalmente llano, lo
cual sonaba estupendo… hasta que descubrimos el verdadero enemigo de la
jornada: la arena.
Las pistas cubiertas de arena se convirtieron
rápidamente en nuestro particular campo de batalla. Pedalear se transformó en
una mezcla entre ciclismo y lucha libre, y no tardaron en llegar las primeras
caídas, esas que duelen poco en el cuerpo pero mucho en el orgullo. Digamos que
la ruta empezó a enseñarnos, desde el primer día, quién mandaba realmente.
Después del esfuerzo, tocaba recompensa.
Cenamos de maravilla en el restaurante Zé Inácio, donde recuperamos fuerzas
como auténticos campeones, y nos alojamos en el Ahoy Porto Covo Hostel. Un
lugar limpio, tranquilo y con una relación calidad/precio más que decente.
Además, éramos los únicos huéspedes aquella noche, lo cual nos hizo sentir como
si hubiéramos alquilado el sitio entero… sin pagar ese lujo, claro.
A la mañana siguiente disfrutamos de un
delicioso desayuno en la terraza del hostel. El ambiente era idílico: sol
suave, tranquilidad absoluta… hasta que la conversación, de forma totalmente
natural (o preocupante, según se mire), derivó en el número de pastillas que
tomaba cada uno. Porque nada une más a un grupo que comparar medicación a
primera hora del día.
Con el estómago lleno y el espíritu renovado,
iniciamos la segunda etapa rumbo a Almograve, sin saber muy bien si estábamos
preparados… pero con ganas de seguir acumulando kilómetros, anécdotas y alguna
que otra caída más.

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