Llegó el último día. Tras haber descansado como auténticos
reyes en la Pensao das Dunas y disfrutar de un desayuno estupendo y
completo en la terraza (de esos que te hacen replantearte por qué no
desayunamos así todos los días), arrancamos la última etapa con la misma
ilusión con la que empezamos la ruta… aunque con un puntito de “esto ya se acaba”.
Nos esperaban por delante los últimos 40 km.
La etapa se puede dividir en dos partes muy claras. Los
primeros 20 km, hasta Vila do Bispo, siguieron la tónica de los días
anteriores: sube y baja constante, tramos técnicos y alguna que otra ocasión en
la que la dignidad ciclista obligó a echar pie a tierra sin remordimientos.
A partir de ahí, el terreno se calmó… demasiado. Se volvió
prácticamente llano, casi sospechoso, donde el único rival serio fue el viento
del sur, que en algún momento soplaba con ganas de recordarnos quién manda en
la costa.
Para reponer fuerzas hicimos parada en la cafetería “Caravela”.
Nos atendió una chica encantadora que, además de cafés, nos dio una auténtica
clase magistral sobre cómo pedirlos en el norte y el sur de Portugal. Vamos,
que no solo viajamos en bici: también hacemos turismo lingüístico y cultural
sin proponérnoslo.
Con las pilas recargadas y algo más sabios en materia cafetera, reanudamos la marcha hacia el mítico Cabo de San Vicente, situado en el suroeste de Portugal y marcando el límite occidental del golfo de Cádiz. En el extremo nos esperaba su faro (aunque en nuestro caso, en obras y con visita aplazada), rodeado de una especie de fortaleza desde la que se contemplan los imponentes acantilados y la playa de Beliche. Un lugar que te hace parar sí o sí, aunque no tengas intención.
Pero la aventura aún no había terminado: todavía quedaban 10 km hasta Sagres, donde pasaríamos la noche.
El alojamiento fue el “Sagres Sun Stay - Hostel &
Surf Camp”, un hostel claramente pensado para surfistas jóvenes y
desenfadados (esa noche, sin duda, subimos la media de edad del lugar de forma
considerable). Nos tocó una habitación con 6 literas para el grupo, amplia y
bien organizada, perfecta para repartir equipaje sin entrar en guerra
diplomática con los compañeros.
Nos relajamos un rato en la piscina antes de cenar, disfrutando del momento como si no existiera el día siguiente… aunque existía, y con agujetas.
Si hay que ponerle un “pero” al alojamiento, sería que por
la noche el baño estaba en otro edificio. Algo que, en teoría, no suena
dramático… hasta que te enfrentas al aire frío y húmedo de Sagres en modo
excursión nocturna.
Antes de la cena, y para “recuperar líquidos” como manda el
protocolo cicloturista, nada mejor que una Super Bock en el “Chiringuito Praia da Mareta”.
Y para cerrar el día como se merece: cena en el restaurante “Babugem”. Cenamos estupendamente. La cataplana de tamboril estaba espectacular, totalmente recomendable. El servicio, además, fue de diez: atentos en todo momento, cuidando que estuviéramos a gusto. Incluso a un compañero que no le convencía lo de la carta, le prepararon exactamente lo que pidió. Nivel: atención personalizada con estrella extraoficial.
Y así, entre pedaladas, viento, cafés bien explicados y buena comida, cerramos la etapa… y casi sin darnos cuenta, la aventura.



