| Iglesia de São Teotónio |
Arrancamos la cuarta etapa con la mochila cargada… no solo de provisiones, sino también de los recuerdos (no precisamente gloriosos) de nuestra primera experiencia. Aquella vez, al llegar a Odeceixe, se nos unió un invitado sorpresa que nadie había llamado: el señor COVID. En esta ocasión, venimos más fuertes, más sabios… y con la firme esperanza de que el susodicho haya perdido nuestro número.
La etapa se presentaba de media distancia —unos 39
kilómetros—, pero ya se sabe que en esto del ciclismo las cifras engañan más
que un GPS en modo optimista. La dificultad técnica, moderada en teoría, se
inclinaba en la práctica hacia el “¿en serio hay que subir esto también?”.
Subidas, bajadas y caminos que parecían más pensados para cabras montesas que
para bicicletas componían el menú del día. Eso sí, por primera vez en la ruta,
el Atlántico empezaba a asomar, como quien no quiere la cosa, regalándonos ese
extra de motivación.
Hicimos parada estratégica en São Teotónio, un encantador
pueblo del interior portugués, con sus casitas blancas perfectamente alineadas
y esos detalles en azul que parecen pintados con regla y escuadra (o con mucha
paciencia). Allí, en el quiosco Amanhecer, nos hicimos con unos bocadillos que,
en ese momento, competían seriamente por el título de “mejor comida del mundo”.
Los degustamos en el Jardim de São Teotónio, porque todo sabe mejor cuando uno
se sienta… y deja de pedalear.
Con energías renovadas (y alguna que otra miga en el
maillot), retomamos el camino hacia Odeceixe. El buen tiempo decidió ponerse de
nuestra parte y nos regaló una tarde de playa que no estaba en el guion, pero
que nadie se atrevió a rechazar. Incluso hubo valientes —o inconscientes, según
se mire— que se animaron a darse un baño relajante.
Playa de Odemira
El alojamiento fue el mismo que en la ocasión anterior, el
Hostel Seixe. Pero esta vez, por suerte, sin huéspedes “en cuarentena” ni
capítulos inesperados de epidemiología en directo. Todo mucho más tranquilo,
como debe ser.
Para cerrar la jornada, cena en el restaurante Chaparro:
buena variedad, calidad más que notable y precios que no obligan a vender la
bicicleta al día siguiente. Un final redondo para una etapa que, aunque
exigente, se dejó querer.



