Tras el rotundo fracaso del primer intento de conquistar la Ruta Vicentina allá por marzo —cuando el COVID decidió apuntarse al viaje sin invitación—, seis meses después regresamos con más ganas… y, por qué no decirlo, con algo más de prudencia. Esta vez optamos por cambiar las vistas de mar por los paisajes del interior, pero manteniendo intacto el objetivo final: alcanzar el mítico cabo de San Vicente.
Las etapas, cuidadosamente planificadas (o eso creíamos al
principio), fueron las siguientes:
- Etapa 1: Melides – Santiago de Cacém (30 km)
- Etapa 2: Santiago de Cacém – Cercal do Alentejo (42 km)
- Etapa 3: Cercal do Alentejo – Odemira (43 km)
- Etapa 4: Odemira – Odeceixe (39 km)
- Etapa 5: Odeceixe – Carrapateira (55 km) (sí, alguien pensó que
esto era buena idea)
- Etapa 6: Carrapateira – Sagres (40 km)
Decidimos dividir la aventura en seis “cómodas” etapas para
hacerla más llevadera, aunque pronto descubrimos que eso de “llevadera” era un
concepto bastante optimista. Al tratarse de una ruta por el interior, el
terreno resultó ser todo un festival de subidas y bajadas, de esos que ponen a
prueba tanto las piernas como la paciencia. Así que optamos por tomárnoslo con
filosofía… y muchas pausas estratégicas.
Pero esta vez sí: misión cumplida. El 3 de octubre
alcanzamos por fin el extremo suroeste de Portugal, donde la recompensa nos
esperaba en forma de impresionantes vistas, la imponente fortaleza y el faro
que vigila el fin del mundo conocido (o eso parecía después de tantos
kilómetros). Y aunque llegamos con las piernas pidiendo vacaciones, la
satisfacción hizo que todo el esfuerzo mereciera la pena.
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