| Preparados, listos..., YA! |
Con toda la ilusión del mundo (y las piernas todavía
convencidas de que esto era buena idea), nos lanzamos a por los 43 kilómetros
de la tercera etapa, esa pequeña “paseíllo” que nos separaba de Odemira.
Podríamos dividir la etapa en dos partes muy claras: una primera hasta São Luís, con caminos de tierra sorprendentemente amables —de esos que te hacen pensar “oye, pues tampoco es para tanto”—; y una segunda parte, donde la cosa ya se pone más seria al seguir la histórica Ruta Vicentina, que decide recordarte que sí, que estás haciendo 43 kilómetros… y que se van a notar.
Una vez en Odemira, y tras completar la misión con éxito
(y cierta dignidad), procedimos a lo verdaderamente importante: la recuperación.
Nos hidratamos como mandan los cánones con una Super Bock en la terraza de la
cafetería “O Tarro”. Precios más que razonables para lo que solemos sufrir
habitualmente y un servicio de esos que te hacen sentir que te la has ganado…
porque, efectivamente, te la habías ganado.
Aprovechamos también para hacer algunas compras y llevarnos recuerdos del lugar, porque si no vuelves con algo en la mochila, parece que no has estado.
Alojamiento: Residencial Rita
Bien situado, ideal para dejar caer el cuerpo sin tener que recorrer muchos más
kilómetros (detalle muy de agradecer a esas alturas). Habitaciones triples,
limpias y correctas. El desayuno, bueno y completo… aunque, desde nuestro
humilde punto de vista, con un precio que nos hizo levantar una ceja (y no
precisamente por el esfuerzo del día).
La cena fue en el restaurante “O Escondidinho”, en pleno centro. Un lugar
familiar, con un trato cercano que te hace sentir como en casa, pero sin tener
que cocinar tú. Comida rica, abundante y a buen precio: justo lo que uno
necesita después de una jornada así. Sin duda, un sitio para repetir… si las
piernas lo permiten.
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