miércoles, 24 de junio de 2026

ETAPA 5: RUIDERA - TOMELLOSO. 13/05/2026


 Capítulo quinto

La quinta jornada de nuestro recorrido por tierras manchegas nos llevó desde las Lagunas de Ruidera hasta Tomelloso, atravesando algunos de los paisajes más emblemáticos vinculados al Guadiana y a la tradición cervantina. Entre parajes de singular belleza, caminos exigentes y merecidos descansos, la etapa dejó un buen puñado de recuerdos y anécdotas dignas de ser contadas.


Quinto día de nuestra andanza por los caminos de La Mancha. Apenas hubo despuntado la aurora y retirado la noche su oscuro manto, despertamos bajo la benigna mirada de un sol gallardo y resplandeciente que, cual leal escudero de nuestra pequeña compañía, habría de acompañarnos sin desmayo durante toda la jornada. Como ya venía siendo costumbre en esta empresa, dimos buena cuenta de un desayuno compuesto de cafés, frutas, zumos y tostadas en la cafetería Blanco y Negro de Ruidera, donde repusimos fuerzas y ánimos para las fatigas que el camino nos tenía reservadas.

Los primeros veinte kilómetros de la etapa discurrieron bordeando las célebres Lagunas de Ruidera, maravilla de estas tierras manchegas que bien podrían figurar entre los encantamientos de algún sabio nigromante. 






Diez kilómetros remontando la margen derecha y otros diez regresando por la izquierda nos permitieron contemplar las serenas aguas de las lagunas del Rey, la Colgada, de las Ventanas, Santos Morcillo y Salvadora, cuyos reflejos centelleaban bajo el sol como espejos de plata bruñida.

Vueltos nuevamente a Ruidera, pusimos rumbo hacia Tomelloso. Siguiendo el curso descendente del Guadiana, todavía tuvimos ocasión de admirar otras lagunas menores, como las de la Morenilla y el Cenagal, hasta alcanzar el embalse de Peñarroya


El terreno, áspero y quebrado, parecía empeñado en probar la resistencia de los caminantes, con continuas subidas y bajadas que castigaban las piernas con más rigor del que un caballero desearía encontrar en jornada tan avanzada. Mas, como bien enseñan los libros de caballerías, no hay aventura digna de memoria que se conquiste sin esfuerzo.


En toda aquella etapa, la única villa que habríamos de atravesar antes de alcanzar nuestro destino era Argamasilla de Alba, lugar de resonancias cervantinas y estrechamente ligado a la memoria del Ingenioso Hidalgo. Pero antes de llegar a ella, el Capitán, cuya prudencia en los asuntos del camino rivalizaba con la de Sancho Panza cuando de buscar buen yantar y sombra fresca se trataba, decidió levantar nuestro improvisado campamento junto a la presa del embalse. 

Castillo de Peñarroya
Allí dimos cuenta del almuerzo y disfrutamos de un merecido descanso, favorecidos por la clemencia de los cielos y la apacible quietud de las aguas.

El descanso del guerrero

Es en estos parajes donde la tradición afirma que el Guadiana desaparece. Y no faltará quien atribuya tal prodigio a encantadores, hechizos o artes ocultas. Pero la verdad, aunque menos fantástica, no deja de ser admirable. Poco a poco, el río va entregando sus aguas a una extensa tierra de humedales poblada de juncos y espadañas, filtrándose lentamente hasta desaparecer de la vista de los hombres. Entonces prosigue su viaje por las entrañas de la Mancha, alimentando el vasto Acuífero 23, inmenso depósito subterráneo oculto bajo la llanura, para reaparecer más adelante en tierras de Villarrubia de los Ojos, como caballero andante que, tras perderse tras una colina, vuelve inesperadamente a mostrarse ante quienes lo daban por desaparecido.

Tras una breve parada en Argamasilla de Alba para refrescar los gaznates y aliviar los rigores de la jornada, emprendimos los últimos kilómetros hacia Tomelloso. El camino discurría por unas pistas que, a fe de buenos caminantes, más parecían escenario de alguna derrota que senda de viajeros, pues durante varios kilómetros se sucedían lavadoras, televisores, colchones, neveras y toda suerte de enseres abandonados. Triste visión para una tierra tan noble y cargada de historia, que merece ser recordada por sus paisajes y no por semejantes descuidos.

Finalmente alcanzamos Tomelloso cuando el día comenzaba a declinar. Allí hallamos merecido reposo en el Hotel Ramomar, cuyos aposentos resultaron amplios y confortables, muy apropiados para el descanso de quienes llevaban ya muchos kilómetros sobre las piernas. En la recepción nos aguardaban dos doncellas: una de origen francés, amable en el trato y generosa en sonrisas; la otra, digámoslo con la caridad que conviene a todo cronista, parecía hallarse aquel día poco inclinada a los ejercicios de la cordialidad. Con todo, semejante circunstancia en nada empañó las bondades del establecimiento, cuya relación entre calidad y precio juzgamos más que satisfactoria.

Tomelloso. Plinio

Ya  entrada  la  noche, cuando el cansancio comenzaba a trocarse en apetito,  acudimos  al  restaurante La Antigua para celebrar el final de la jornada. Hallamos allí un lugar acogedor y de agradable presencia, con reservados confortables y una bodega digna de elogio, capaz de alegrar el ánimo del más fatigado de los viajeros.

Tomelloso. Restaurante La Antigua

La experiencia culinaria fue tan variada como suelen ser las aventuras del camino. Algunos de los platos que llegaron a nuestra mesa resultaron sabrosos y cuidadosamente elaborados, merecedores del aplauso de los comensales; otros, en cambio, despertaron pareceres más encontrados. Especial recuerdo nos dejó el arroz negro, aunque no precisamente por la abundancia del arroz, pues bien podría decirse, parafraseando a los viejos hidalgos manchegos, que aquella sal traía poco arroz en su compañía.

miércoles, 17 de junio de 2026

ETAPA 4: SAN CARLOS DEL VALLE - RUIDERA 12/05/2026

  Capítulo Cuarto

De San Carlos del Valle a Ruidera, en la cual se cuentan diversos sucesos, desventuras y vitorias acontecidas a los esforzados de la ruta.


Amaneció el día claro y prometedor, y, antes de acometer la empresa que nos aguardaba, acudimos a restaurar las fuerzas en El Bar de Manuel, donde dimos buena cuenta de cafés y tostadas. No fue banquete de príncipe ni mesa de señor poderoso, mas bastó para templar los ánimos y disponer los cuerpos para las fatigas venideras.

Hecho esto, pusimos rumbo a Ruidera, llevando por guía la ilusión y por compañera la incertidumbre, que nunca abandona a quienes se aventuran por caminos desconocidos.

Como ya se dijo al principio de esta relación, fue necesario alterar el trazado originalmente previsto, pues ciertas tierras y senderos habían sido vedados al paso. Y aunque semejante contratiempo pudiera haber desalentado a otros viajeros de menor determinación, supimos hallar una alternativa digna y provechosa. Sólo quedó como pequeña penitencia el tener que recorrer los últimos diez kilómetros por asfalto, superficie tan poco amable para el ciclismo como las armaduras mal ajustadas para el caballero novel.

Por fortuna, la lluvia, que hasta entonces nos había perseguido con la constancia de un acreedor paciente, decidió concedernos una tregua. En su lugar comparecieron el sol y unas temperaturas benignas, obligándonos a trocar los chubasqueros por protector solar y, más tarde, por abundantes unturas refrescantes para aliviar los estragos de la exposición. Así mudan las circunstancias en el mundo, y quien hoy huye del agua mañana busca refugio de los rayos del sol.

Villanueva de los Infantes. Iglesia de San Andrés.

Al llegar al kilómetro 25 alcanzamos la ilustre villa de Villanueva de los Infantes, lugar de tanta historia y tan nobles recuerdos que cualquiera diría que las piedras de sus calles conservan aún ecos de siglos pasados. Deseábamos visitar la celda donde estuvo encerrado el ingenioso don Francisco de Quevedo y contemplar el lugar donde reposan sus restos. Mas quiso la fortuna mostrarnos una vez más su naturaleza caprichosa.

Villanueva de los Infantes. Plaza Mayor

Hallamos cerrada la primera por ser martes, jornada destinada al descanso, y cuando acudimos al templo donde yace el poeta, descubrimos que sus puertas se disponían a cerrarse para el reposo del mediodía. De este modo, aquello que parecía empresa fácil acabó convertido en derrota sin combate, una de esas pequeñas burlas con las que el destino entretiene sus ocios.

Prosiguiendo nuestra marcha, alcanzamos en el kilómetro 37 la villa de Carrizosa, donde nos aguardaba el Capitán con la puntualidad de un reloj suizo y la generosidad de un buen escudero. Traía consigo las provisiones necesarias para sostener el ánimo de la expedición: jamón, queso, chorizo, pan y abundante fruta.

Fue aquel refrigerio recibido con tanto entusiasmo como pudiera recibirse un tesoro recién descubierto. Bien es cierto que el pan comenzaba ya a inspirarnos sentimientos encontrados, pues la repetición diaria de tan noble alimento amenazaba con convertir el entusiasmo inicial en resignada costumbre.

No menos dificultosa resultó la búsqueda de un lugar donde celebrar tan merecido almuerzo. Los dos mesones del pueblo permanecían cerrados, como fortalezas abandonadas tras el paso de un ejército. Tras no poca pesquisa, hallamos refugio en la terraza de la estación de servicio Familia León Rodríguez, que nos acogió con hospitalidad suficiente para reponer fuerzas y continuar la jornada.

Volvimos entonces a los caminos con renovado empeño. Mas apenas dejamos atrás Carrizosa, el terreno decidió probarnos con varias rampas de considerable dureza. Y como suele acontecer en estas ocasiones, las pendientes parecían crecer en proporción directa al contenido de nuestros estómagos.

Superado aquel trance y alcanzada por fin una zona más llana, surgió en el horizonte una nueva adversaria: una tormenta oscura y amenazante que comenzó a seguir nuestros pasos con la perseverancia de un enemigo obstinado. Durante más de diez kilómetros avanzó tras nosotros, vigilante y silenciosa, como si aguardara el momento propicio para lanzarse sobre la expedición.


Mas los caminantes, lejos de arredrarse, respondieron con una aceleración digna de los mejores cronistas deportivos. Y así, en una suerte de justa contra las nubes, conseguimos mantener la ventaja suficiente para escapar de sus dominios y evitar sus aguaceros.


Finalmente, tras recorrer los últimos diez kilómetros por la N-430, apareció ante nosotros Ruidera. Y con ella, como visión prometida al final de una larga empresa, surgió la hermosa Laguna del Rey, cuyas aguas brillaban bajo la luz de la tarde.

Ruidera. Laguna del Rey

No exagerará quien diga que aquella primera visión fue recibida con la satisfacción que experimenta el navegante al divisar puerto seguro después de una larga travesía.

Nuestro alojamiento fue en los apartamentos turísticos Doña Ruidera, situados sobre un altozano desde el que se dominan las lagunas y buena parte del paisaje circundante. Las habitaciones resultaron espaciosas, limpias y confortables; algunas, incluso, gozaban del privilegio de contemplar las aguas desde sus ventanas.


Concluyeron las fatigas de la jornada con una reparadora ducha y un paseo sosegado junto a las lagunas, cuyas aguas parecían olvidar las prisas y preocupaciones del camino.


La cena tuvo lugar en el establecimiento llamado Aquí me Quedo, nombre tan oportuno que bien hubiera podido servir de lema para toda la expedición a esas horas de la tarde. Las tapas resultaron sabrosas y bien ejecutadas, con una relación calidad-precio más que honrosa.

Sólo hubo una sombra en tan feliz desenlace: el vino. Y es que el establecimiento ofrecía una única referencia que, siendo caritativos en el juicio, no alcanzaba la excelencia esperada en tierras manchegas. No obstante, obraba un pequeño milagro cuando se mezclaba con gaseosa, circunstancia que algunos celebraron con resignación filosófica y otros con sincera gratitud.

Y así terminó la cuarta etapa de nuestra aventura, sin heridas que lamentar, sin tormentas que nos alcanzasen y con las Lagunas de Ruidera conquistadas, no por las armas, sino por la constancia, que es virtud mucho más útil para el viajero que la fuerza para el guerrero.

domingo, 14 de junio de 2026

ETAPA 3. ALMAGRO - SAN CARLOS DEL VALLE. 11/05/2026

 Capítulo tercero

En esta tercera etapa de nuestra andanza manchega, los caminos nos llevaron desde la histórica Almagro hasta la señorial villa de San Carlos del Valle, atravesando campos interminables y poblaciones cargadas de memoria y nobleza. Acompañados por un sol por fin benévolo, recorrimos tierras de castillos, templos y viñedos, completando una jornada tan hermosa en sus paisajes como rica en historias y descubrimientos.


Amaneció el día con mejores semblantes de los que en jornadas pasadas nos habían mostrado los cielos manchegos. Y así, antes de poner nuestros cuerpos y monturas modernas en el camino que nos había de llevar hasta la ilustre villa de San Carlos del Valle, acudimos a reparar fuerzas en la afamada Posada de los Caballeros. Hallamos allí mesa tan bien abastecida y tan copiosa variedad de manjares que no desmerecería de aquellas ventas donde los andantes caballeros hallaban alivio para sus fatigas y consuelo para sus hambres.

Y quiso la Fortuna, tan mudable como caprichosa, mostrarse favorable a nuestra empresa, pues el sol, que hasta entonces parecía haberse escondido tras velos de nubes y humedades, salió a nuestro encuentro como fiel escudero, acompañándonos con su luz dorada desde los primeros compases de la jornada.

No habíamos aún consumido cinco leguas cortas de nuestro camino cuando atravesamos la villa de Bolaños de Calatrava, donde se levanta, grave y silencioso, el Castillo de Doña Berenguela. Sus muros, curtidos por siglos de guerras, conquistas y olvidos, fueron levantados por manos musulmanas en el siglo XII. Después, cuando las armas cristianas alcanzaron la gloria en la memorable batalla de Las Navas de Tolosa, aquella fortaleza pasó a poder del rey Alfonso VIII, quien tuvo a bien entregarla a su hija doña Berenguela. Desde entonces quedó unido para siempre el nombre de la dama a aquellas piedras que aún hoy desafían el paso de los siglos.

Bolaños de Calatrava. Castillo de Doña Berenguela

Prosiguiendo nuestro avance por caminos llanos y horizontes interminables, llegamos al kilómetro treinta y tres y medio, donde nos aguardaba la ciudad de Manzanares. Allí, sintiendo ya el natural quebranto que acompaña a los viajeros constantes, hicimos parada en el gastrobar La Viña. Fuimos recibidos con cortesía y buen talante por sus dueños, quienes nos permitieron ocupar la terraza para dar cuenta de nuestros humildes pero bien ganados bocadillos, bastando para ello acompañarlos con refrescos, cafés y otras bebidas reparadoras.

Manzanares, Iglesia de Santa Catalina

En la Plaza Mayor alza su noble iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, templo de grandes dimensiones y mayor dignidad. 

No lejos de allí contemplamos asimismo el Gran Teatro de Manzanares, edificio que engaña al observador apresurado, pues aparenta haber visto desfilar generaciones enteras de espectadores. Sin embargo, fue inaugurado en tiempos bien recientes, allá por el año de 1995, aunque reproduce con fidelidad la fachada del teatro que ocupó aquel lugar desde 1911. De este modo, la memoria de los antiguos permanece viva bajo la apariencia renovada de los tiempos modernos.

Manzanares. Gran Teatro

También recorrimos el llamado Paseo del Sistema Solar, curioso artificio mediante el cual el caminante puede emprender viaje imaginario por los espacios celestes sin abandonar las calles de la ciudad, contemplando planetas y distancias reducidos a escala humana.


Reanudamos después nuestra marcha. Los kilómetros fueron cayendo uno tras otro con la misma parsimonia con que ruedan las estaciones sobre los campos de Castilla. Durante largas horas avanzamos entre extensiones de almendros, pistacheros y olivos; entre sembrados de cereales que ondulaban al compás del viento y viñedos que parecían no tener fin. Era un paisaje sobrio y sereno, de esos que hablan poco y dicen mucho, tan propio de estas tierras manchegas donde la imaginación de los hombres aprendió a convertir ventas en castillos y molinos en gigantes.


Y así, tras haber recorrido más de sesenta y seis kilómetros, apareció ante nuestros ojos San Carlos del Valle, como si emergiese de entre los campos al final de una larga aventura. Su Plaza Mayor, armoniosa y señorial, nos recibió con toda la magnificencia que la ha hecho merecedora de fama en la comarca. Presidiéndola se alza la iglesia del Santísimo Cristo del Valle, cuya grandiosa silueta domina el conjunto con la autoridad de quien ha contemplado el paso de generaciones enteras.


En aquella misma plaza hallamos nuestro alojamiento, la Hospedería Santa Elena, lugar cómodo y agradable donde reposar las cansadas piernas. 

San Carlos del Valle. Plaza Mayor

Las habitaciones eran espaciosas y algunas gozaban del privilegio de abrir sus balcones a la plaza, permitiendo al huésped contemplar el ir y venir de la villa como desde un palco privilegiado.


Mas, como enseña la experiencia, no hay jornada tan venturosa que no traiga consigo algún pequeño desencanto. Llegada la hora de la cena acudimos al restaurante de la hospedería, siendo nosotros, diez viajeros, los únicos ocupantes del establecimiento. Ordenamos algunos entrantes para compartir y diversos platos principales. Mas he aquí que, cuando por fin llegaron a la mesa, los hallamos tan fríos como si hubiesen pasado la tarde entera al sereno. Tal circunstancia enfrió también parte de nuestro entusiasmo y empañó ligeramente el brillante recuerdo de una etapa que, por todo lo demás, había resultado digna de figurar en los anales de nuestras andanzas manchegas.


viernes, 12 de junio de 2026

ETAPA 2. VILLARRUBIA DE LOS OJOS – ALMAGRO. 10/05/2026


Capítulo Segundo

Por las mismas tierras que un día hollaron las andanzas del ingenioso hidalgo don Quijote, proseguimos nuestro caminar rumbo a Almagro. La lluvia, pertinaz y testaruda, salió a nuestro encuentro desde el alba, mas fue incapaz de desviar nuestro propósito ni de empañar la belleza de cuanto hallamos en el camino.

Quiso la fortuna que la segunda jornada de nuestra andanza amaneciese cubierta por espesos nubarrones, de aquellos que parecen empeñados en probar la determinación de los viajeros. No por ello desfallecieron nuestros ánimos, antes bien, tras reparar fuerzas en el bar “La Plaza”, nos dispusimos a emprender camino hacia la noble villa de Almagro, enfundados en capas impermeables y bien prevenidos contra los rigores de los cielos.

Plaza Mayor. Villarrubia de los Ojos

Apenas habíamos dejado atrás Villarrubia cuando comenzó la lluvia a acompañarnos con tal constancia que parecía haberse unido a nuestra comitiva como silenciosa escudera. Mas, como bien saben quienes recorren los caminos de La Mancha, no hay inclemencia capaz de detener a quien tiene puesta la voluntad en el destino.


Las Tablas de Daimiel

Llegados al kilómetro catorce, hicimos alto en el parque naturas de las Tablas de Daimiel, lugar tan singular y hermoso que bien pudiera haberse antojado encantamiento de algún sabio amigo de la naturaleza. La providencia quiso mostrárnoslo colmado de agua, merced a las recientes lluvias que habían devuelto la vida a aquellos humedales tras largos años de sed y sequía.

Las Tablas de Daimiel

Allí contemplamos un espectáculo digno de memoria. Sobre las aguas reposaban colimbos lavancos, patos reales, fochas comunes y gallinas de agua, mientras algún rascón se ocultaba entre la vegetación. Por encima de nuestras cabezas, como señora y dueña de aquellos dominios, planeaba un águila de las marismas. También descubrimos aves llegadas de tierras lejanas para criar en la primavera manchega, como el pato colorado y el porrón europeo, maestros ambos en las artes del buceo. Hubiéramos permanecido allí largo tiempo, armados de prismáticos en lugar de lanzas, observando aquella república alada; pero el camino, que nunca espera a nadie, reclamaba nuestra presencia.

Prosiguiendo la marcha alcanzamos el kilómetro treinta, donde se alzan las venerables ruinas de Calatrava la Vieja. Contemplando aquellas piedras centenarias, fácil resultaba imaginar el ir y venir de guerreros, mercaderes y frailes soldados cuando aquellas tierras eran frontera entre reinos. Allí tuvo asiento la poderosa Orden de Calatrava, cuyos caballeros velaron durante siglos por estos caminos que ahora recorríamos con mucho menos estruendo y bastante menos gloria.

Calatrava la Vieja.

La lluvia, fiel compañera de toda la jornada, no nos abandonó mientras avanzábamos hasta Carrión de Calatrava. En esta apacible villa destaca el Torreón, robusto centinela de piedra que parece seguir vigilando, siglos después, el horizonte manchego. Sus sólidos muros y su noble fábrica evocan tiempos en que las fortalezas eran refugio y esperanza para quienes transitaban por estas tierras.

Carrión de Calatrava

Fue allí donde decidimos detenernos para tomar avituallamiento. Refugiados bajo unas humildes sombrillas que combatían con desigual fortuna el empuje del agua, dimos cuenta de nuestras provisiones. No era banquete de reyes ni festín de duques, pero a los caminantes les supo tan bien como los mejores manjares descritos en las novelas de caballerías.

Reanudamos la marcha en dirección a Torralba de Calatrava, cuya principal joya es su Patio de Comedias, digno heredero de la tradición teatral que tan profundamente arraigó en estas tierras. Bien pudiera uno imaginar a cómicos, poetas y trovadores llenando sus tablas de versos y aventuras para deleite del pueblo.

Y cuando ya las piernas comenzaban a recordar los kilómetros acumulados, apareció por fin Almagro en el horizonte. Mas la ilustre ciudad decidió recibirnos con una formidable tromba de agua, como si quisiera examinar por última vez nuestro temple antes de franquearnos sus puertas.

Almagro. Plaza Mayor

Una vez conquistado el destino, nada hubo más placentero que una buena ducha caliente para devolver el calor a los cuerpos castigados por la lluvia. Secadas las ropas y restaurados los ánimos, salimos a recorrer la incomparable Plaza Mayor, verdadero corazón de Almagro. Sus galerías acristaladas de color verde, sostenidas por esbeltas columnas de piedra y nobles estructuras de madera, ofrecen una estampa tan singular que parece detenida en el tiempo, como si los siglos hubiesen decidido respetarla por puro deleite estético.

Almagro. Plaza Mayor

Quiso además la fortuna premiar nuestros esfuerzos permitiéndonos asistir a la representación de El perro del hortelano, del insigne Lope de Vega, en el célebre Corral de Comedias. A causa de la lluvia, nuestras localidades fueron trasladadas desde el patio a unos balcones cuya visibilidad no era la más favorable. Sin embargo, poco importó aquel contratiempo, pues la calidad de los actores y la magia del lugar nos hicieron olvidar cualquier incomodidad. Salimos de allí tan satisfechos como quien regresa victorioso de una empresa largamente deseada.

Almagro. Corral de comedias

La cena tuvo lugar en el bar “El Quebranto”, cuyo nombre parecía aguardarnos desde el inicio del viaje. Allí dimos buena cuenta de unos excelentes cachopos acompañados de un generoso vino de La Mancha, digno compañero de mesa para cualquier caminante que aspire a recuperar las fuerzas perdidas. El trato recibido fue atento y cordial, aunque los altos taburetes en que hubimos de acomodarnos no resultaron tan hospitalarios como el resto de la experiencia.

Finalmente, buscamos reposo en la “Posada de los Caballeros”, nombre que parecía escogido expresamente para poner fin a nuestra jornada manchega. La hospedería, instalada en una hermosa casa del siglo XVI, posee un elegante patio interior donde el tiempo parece caminar más despacio. Su propietaria, doña Lorena, nos recibió con la cortesía y diligencia que siempre distinguen a los buenos anfitriones. 

Almagro. Posada de los Caballeros

Allí descansamos como caballeros tras la batalla, satisfechos de haber vencido una jornada en la que la lluvia jamás dejó de retarnos, pero tampoco logró apartarnos de nuestro propósito de alcanzar Almagro, una de las joyas más preciadas de estas tierras que un día recorrieron don Quijote y su fiel escudero. 


miércoles, 10 de junio de 2026

RUTA 9. ETAPA 1. ALCÁZAR DE SAN JUAN - VILLARRUBIA DE LOS OJOS. 09/05/2026


Capítulo primero

Donde se da cuenta de la salida de los animosos viajeros desde Alcázar de San Juan y de los trabajos y aventuras que les sucedieron hasta llegar a Villarrubia de los Ojos


Refiere la verdadera historia, sacada de los más fidedignos anales manchegos, que en un señalado día, habiendo ya despuntado la aurora y comenzado el sol a dorar los campos de La Mancha, acordaron nuestros esforzados viajeros ponerse en camino desde la noble villa de Alcázar de San Juan hacia la no menos conocida población de Villarrubia de los Ojos.


Mas, porque ninguna empresa prudente debe acometerse sin antes proveer al cuerpo del sustento necesario, repararon primero sus fuerzas en una venta moderna llamada «El Cruce», donde dieron buena cuenta de café humeante y tostadas bien aderezadas. Y fue tal el contento que les produjo aquel desayuno que juzgaron hallarse en disposición de conquistar reinos, desfacer agravios y acometer cuantas aventuras quisiese depararles la fortuna.

Tomaron, pues, el camino con alegre semblante, discurriendo entre ellos acerca del curioso nombre de Villarrubia de los Ojos, que algunos atribuían, por no pequeña ignorancia, a ciertas gracias o hermosuras humanas. Pero pronto supieron que el tal nombre procede de los famosos Ojos del Guadiana, manantiales tan celebrados que hacen brotar las aguas de la tierra como si ésta quisiera mostrar a los hombres los secretos que guarda en sus entrañas.

Era el camino llano y apacible, las pistas tan bien compuestas que parecían alfombras tendidas para comodidad de caminantes, y el desnivel tan escaso que apenas daba ocasión al cansancio. Salían de una y otra parte innumerables conejos que, vistos desde lejos, semejaban avanzadas de algún ejército encantado puesto allí para observar el paso de los viajeros. No faltó quien pensase que aquellos animales daban señales de amistad, saliendo de sus escondrijos para rendir homenaje a tan singular expedición.

Y así caminaban, entregados al placer de la jornada, cuando la fortuna, que gusta de mezclar los contentos con los trabajos para que el hombre no olvide su condición, les puso delante una aventura digna de figurar en los libros de caballerías.

Sucedió que, llegados al octavo kilómetro de su marcha, hallaron el río Cigüela atravesado en su camino. Según las noticias recogidas antes de la partida, debía encontrarse seco y tan inofensivo como un cordero recién nacido; pero las abundantes lluvias caídas durante el invierno lo habían transformado en una corriente soberbia y desafiante que rugía como si quisiera vedar el paso a todo cristiano.

Detuviéronse los viajeros a considerar el caso, y después de largo consejo acordaron buscar algún lugar por donde cruzarlo. Encaminaron primero sus pasos río abajo, creyendo hallar puente, vado o paso seguro; pero cuanto más avanzaban, tanto mayor parecía el caudal, y los puentes se mostraban tan esquivos como la razón en la cabeza de algunos gobernantes.

Viéndose burlados en aquel intento, mudaron de dirección y exploraron la ribera opuesta. Después de no pocos rodeos, pesquisas y conjeturas, encontraron finalmente un paso practicable. Y fue tan grande el contento por aquel hallazgo que cualquiera hubiera dicho que acababan de conquistar una fortaleza o derrotar a un ejército enemigo.

Prosiguieron luego su jornada y llegaron a la villa de Herencia, donde contemplaron la Iglesia de la Inmaculada Concepción, edificio venerable cuyos muros parecen guardar memoria de siglos enteros y de generaciones ya desaparecidas.

Iglesia de la Inmaculada Concepción. Herencia

Desde allí alcanzaron Puerto Lápice, lugar de tan gran fama que parece imposible nombrarlo sin que acudan a la memoria las aventuras del ingenioso hidalgo manchego. Admiraron su hermosa plaza, cercada de soportales de madera y adornada con una noria en el centro, como si el tiempo hubiera decidido detener allí su paso. 

Plaza Mayor. Puerto Lápice.

Vieron asimismo una estatua del inmortal Cervantes, que parecía observar con discreta sonrisa a cuantos cruzaban la plaza, y la famosa Venta del Quijote, donde se sirven manjares manchegos capaces de reconciliar al hombre con el mundo entero.

Estatua de Cervantes. Puerto Lápice.

Mas quiso la Providencia que, hallándose los viajeros aproximadamente a mitad de su empresa, apareciese el Capitán, personaje principal en cuanto toca al gobierno de vituallas y provisiones. Llegó cargado de avituallamiento tan oportunamente como suele llegar la lluvia al campo sediento.

Reuniéronse entonces en la terraza del mesón llamado «El Ático», cuyos dueños mostraron generosa condición al permitirles consumir allí sus provisiones, con la sola condición de acompañarlas con algunas bebidas. Y fue aquella parada tan celebrada que por breve espacio pareció a todos hallarse en un palacio más que en un mesón.

Continuaron después hacia Las Labores, población tranquila y bien ordenada, cuya plaza principal contemplaron con agrado antes de emprender los últimos tramos de la etapa.

Plaza Mayor. Las Labores.

Entretanto, algunas nubes cargadas de agua comenzaron a recorrer los cielos manchegos. Dejaron caer de cuando en cuando ligeras lluvias que, lejos de causar molestia, resultaron tan agradables como una caricia del aire, refrescando a los caminantes y moderando los ardores del día.

Y así, entre claros y nubarrones, alcanzaron finalmente Villarrubia de los Ojos, término y remate de la primera jornada. Hospedáronse en el Hostal Jijones, casa limpia, moderna y espaciosa, donde fueron recibidos con tanta cortesía y afabilidad por las damas encargadas de su gobierno que todos juzgaron haber acertado plenamente en la elección del alojamiento.

Llegada la noche, y después de atender a las necesidades del descanso, acudieron al restaurante «Huertos del Palacio», donde les fueron servidas viandas abundantes y sabrosas a precio tan razonable que ninguno halló motivo para la queja. Antes bien, acordaron por unanimidad que aquel lugar merecía ser recomendado a cuantos aventureros, caminantes o caballeros andantes recorrieran en el futuro aquellas nobles tierras de La Mancha.

Y aquí se da fin a esta primera relación de sucesos, reservándose para capítulos venideros las nuevas aventuras, peligros y lances que la fortuna tuviese a bien ofrecer a tan animosa compañía.

lunes, 8 de junio de 2026

RUTA 9. PRESENTACIÓN

 Cuenta la historia, si no mienten los cronistas ni yerra la memoria de quienes la vivieron, que los esforzados componentes de la hermandad conocida por el nombre de “Crónicas Desde el Sillín” determinaron emprender una nueva aventura por las anchas y silenciosas tierras de La Mancha, aquella misma región donde, siglos atrás, un hidalgo de singular juicio y desmedida imaginación salió en busca de honra, justicia y aventuras bajo el nombre de don Quijote.

Fue ésta la novena de las expediciones acometidas por tan singular compañía, aunque, por razones que poco importan al lector y mucho a los relatores, se ha decidido alterar el orden natural de los acontecimientos y traer primero a estas páginas la más reciente de ellas, dejando para ocasión venidera la narración de las anteriores, que aguardan pacientemente su turno para ser contadas.

Eran diez los integrantes de aquella ilustre comitiva, hombres de variadas habilidades y saberes, cuya unión hacía pensar que no había empresa demasiado ardua ni camino demasiado largo para sus piernas y voluntades.

Mandaba en las labores de apoyo “El Capitán”, quien, al mando de la noble y fiel Furgo, seguía las andanzas de la tropa con ojo atento y disposición constante para acudir allí donde la necesidad lo reclamase. Aurelio ejercía el oficio de guía, custodio de tracks y derroteros, impidiendo que los viajeros se perdiesen por veredas desconocidas o acabasen combatiendo imaginarios gigantes donde sólo hubiese molinos. Benito A., sabio en materias pétreas, ilustraba a sus compañeros acerca de piedras, riscos, cantos y demás secretos de la tierra. Manuel M., docto conocedor de árboles, maderas y bosques, hallaba siempre ocasión para compartir algún conocimiento sobre la naturaleza que adornaba el camino. Javier M., médico de la expedición, velaba por la salud de todos con la prudencia que exige tan noble ministerio.

Xosé Lois V., contador de maravedíes modernos y custodio de las cuentas, tenía a su cargo el delicado gobierno de gastos y desembolsos, tarea tan importante como poco celebrada. Juanma B., maestro en las artes informáticas, resolvía con destreza los enigmas de la tecnología. Manuel C., matemático de precisa inteligencia, informaba puntualmente de distancias, velocidades y tiempos, como si llevase oculto en la cabeza un astrolabio de última generación. Manuel P., hábil en electrónica y mecánicas diversas, acudía al remedio de cualquier avería o contratiempo técnico. Cerraba tan distinguida nómina Manuel L., la más reciente incorporación al grupo, enfermero diligente y hombre de disposición tan generosa que jamás se le oyó negar ayuda a quien la precisara.

Y aunque algunos pudieran pensar que tan diferentes oficios habrían de producir desorden y confusión, sucedía precisamente lo contrario, pues cada cual aportaba su saber al bien común, formando entre todos una compañía tan bien avenida que parecía destinada por la fortuna para recorrer caminos y acumular recuerdos.

La ruta escogida era circular y tenía su principio y su término en la noble localidad de Alcázar de San Juan. Para su diseño se tomaron como referencia los itinerarios trazados por otros viajeros y aventureros de nuestro tiempo, especialmente los de “Con Alforjas” y “Wikiloc”, aunque no faltaron las modificaciones que la prudencia y las circunstancias aconsejaron.

La primera fue alterar el sentido de la marcha, pues donde los autores originales proponían girar siguiendo el movimiento de las agujas del reloj, nuestros viajeros resolvieron hacerlo en dirección contraria, quizá por llevar en el espíritu algo de aquella inclinación quijotesca a desafiar lo establecido. La segunda consistió en reducir las siete jornadas previstas a sólo seis, no por falta de ánimo ni de fuerzas, sino por las exigencias inexorables del calendario. Finalmente, fue preciso modificar parte del recorrido junto a las famosas Lagunas de Ruidera, pues el camino señalado atravesaba una zona protegida donde estaba prohibido el paso, y nunca fue costumbre de esta hermandad buscar aventuras a costa de quebrantar las normas.

Quedó así ordenada la empresa:

Primera jornada: Alcázar de San Juan – Villarrubia de los Ojos. 56,7 kilómetros.
Segunda jornada: Villarrubia de los Ojos – Almagro. 62,8 kilómetros.
Tercera jornada: Almagro – San Carlos del Valle. 66,76 kilómetros.
Cuarta jornada: San Carlos del Valle – Ruidera. 61,02 kilómetros.
Quinta jornada: Ruidera – Tomelloso. 64,61 kilómetros.
Sexta jornada: Tomelloso – Alcázar de San Juan. 54,5 kilómetros.

Aconteció, pues, que el viernes 8 de mayo llegó la compañía a Alcázar de San Juan, donde había de comenzar la aventura. Tras dejar atrás caminos y obligaciones cotidianas, buscaron acomodo en la Venta del Molino, hospedaje cuyo aspecto exterior despertó elevadas expectativas entre los viajeros. Mas quiso la fortuna que la apariencia de la fachada aventajase notablemente a la calidad de los aposentos, recordándonos una vez más aquella antigua enseñanza según la cual no siempre es oro cuanto reluce.

Llegada la noche, encaminaron sus pasos hacia el Restaurante Asador Javi para reparar las fuerzas antes de afrontar las jornadas venideras. Allí fueron servidos con viandas sabrosas y vinos dignos de acompañar una conversación entre amigos. No obstante, cuando llegó el momento de ajustar las cuentas, algunos caballeros de la expedición observaron que el importe parecía algo elevado para la concurrencia existente, pues además de los diez miembros de la hermandad apenas ocupaban el establecimiento dos parejas más.

Pero como los buenos aventureros saben que una cena, por abundante o costosa que sea, no puede empañar la ilusión de un viaje que está a punto de comenzar, dieron por bien empleados aquellos maravedíes modernos y regresaron a sus aposentos con el ánimo puesto en los caminos manchegos que les aguardaban al alba, donde, si no gigantes, al menos habrían de encontrar molinos, lagunas, pueblos antiguos y un buen puñado de historias dignas de ser contadas.