Capítulo
primero
Donde
se da cuenta de la salida de los animosos viajeros desde Alcázar de San Juan y
de los trabajos y aventuras que les sucedieron hasta llegar a Villarrubia de
los Ojos
Refiere la verdadera historia, sacada de los más fidedignos anales manchegos, que en un señalado día, habiendo ya despuntado la aurora y comenzado el sol a dorar los campos de La Mancha, acordaron nuestros esforzados viajeros ponerse en camino desde la noble villa de Alcázar de San Juan hacia la no menos conocida población de Villarrubia de los Ojos.
Mas, porque ninguna empresa prudente debe acometerse sin antes proveer al cuerpo del sustento necesario, repararon primero sus fuerzas en una venta moderna llamada «El Cruce», donde dieron buena cuenta de café humeante y tostadas bien aderezadas. Y fue tal el contento que les produjo aquel desayuno que juzgaron hallarse en disposición de conquistar reinos, desfacer agravios y acometer cuantas aventuras quisiese depararles la fortuna.
Tomaron, pues, el camino con alegre semblante,
discurriendo entre ellos acerca del curioso nombre de Villarrubia de los Ojos,
que algunos atribuían, por no pequeña ignorancia, a ciertas gracias o
hermosuras humanas. Pero pronto supieron que el tal nombre procede de los
famosos Ojos del Guadiana, manantiales tan celebrados que hacen brotar las
aguas de la tierra como si ésta quisiera mostrar a los hombres los secretos que
guarda en sus entrañas.
Era el camino llano y apacible, las pistas tan bien
compuestas que parecían alfombras tendidas para comodidad de caminantes, y el
desnivel tan escaso que apenas daba ocasión al cansancio. Salían de una y otra
parte innumerables conejos que, vistos desde lejos, semejaban avanzadas de
algún ejército encantado puesto allí para observar el paso de los viajeros. No
faltó quien pensase que aquellos animales daban señales de amistad, saliendo de
sus escondrijos para rendir homenaje a tan singular expedición.
Y así caminaban, entregados al placer de la jornada,
cuando la fortuna, que gusta de mezclar los contentos con los trabajos para que
el hombre no olvide su condición, les puso delante una aventura digna de
figurar en los libros de caballerías.
Sucedió que, llegados al octavo kilómetro de su marcha,
hallaron el río Cigüela atravesado en su camino. Según las noticias recogidas
antes de la partida, debía encontrarse seco y tan inofensivo como un cordero
recién nacido; pero las abundantes lluvias caídas durante el invierno lo habían
transformado en una corriente soberbia y desafiante que rugía como si quisiera
vedar el paso a todo cristiano.
Detuviéronse los viajeros a considerar el caso, y
después de largo consejo acordaron buscar algún lugar por donde cruzarlo.
Encaminaron primero sus pasos río abajo, creyendo hallar puente, vado o paso
seguro; pero cuanto más avanzaban, tanto mayor parecía el caudal, y los puentes
se mostraban tan esquivos como la razón en la cabeza de algunos gobernantes.
Viéndose burlados en aquel intento, mudaron de dirección
y exploraron la ribera opuesta. Después de no pocos rodeos, pesquisas y
conjeturas, encontraron finalmente un paso practicable. Y fue tan grande el
contento por aquel hallazgo que cualquiera hubiera dicho que acababan de
conquistar una fortaleza o derrotar a un ejército enemigo.
Prosiguieron luego su jornada y llegaron a la villa de
Herencia, donde contemplaron la Iglesia de la Inmaculada Concepción, edificio
venerable cuyos muros parecen guardar memoria de siglos enteros y de
generaciones ya desaparecidas.
| Iglesia de la Inmaculada Concepción. Herencia |
Desde allí alcanzaron Puerto Lápice, lugar de tan gran fama que parece imposible nombrarlo sin que acudan a la memoria las aventuras del ingenioso hidalgo manchego. Admiraron su hermosa plaza, cercada de soportales de madera y adornada con una noria en el centro, como si el tiempo hubiera decidido detener allí su paso.
| Plaza Mayor. Puerto Lápice. |
Vieron asimismo una estatua del inmortal Cervantes, que parecía observar con discreta sonrisa a cuantos cruzaban la plaza, y la famosa Venta del Quijote, donde se sirven manjares manchegos capaces de reconciliar al hombre con el mundo entero.
| Estatua de Cervantes. Puerto Lápice. |
Mas quiso la Providencia que, hallándose los viajeros aproximadamente a mitad de su empresa, apareciese el Capitán, personaje principal en cuanto toca al gobierno de vituallas y provisiones. Llegó cargado de avituallamiento tan oportunamente como suele llegar la lluvia al campo sediento.
Reuniéronse entonces en la terraza del mesón llamado «El
Ático», cuyos dueños mostraron generosa condición al permitirles consumir allí
sus provisiones, con la sola condición de acompañarlas con algunas bebidas. Y
fue aquella parada tan celebrada que por breve espacio pareció a todos hallarse
en un palacio más que en un mesón.
Continuaron después hacia Las Labores, población
tranquila y bien ordenada, cuya plaza principal contemplaron con agrado antes
de emprender los últimos tramos de la etapa.
| Plaza Mayor. Las Labores. |
Y así, entre claros y nubarrones, alcanzaron finalmente
Villarrubia de los Ojos, término y remate de la primera jornada. Hospedáronse
en el Hostal Jijones, casa limpia, moderna y espaciosa, donde fueron recibidos
con tanta cortesía y afabilidad por las damas encargadas de su gobierno que
todos juzgaron haber acertado plenamente en la elección del alojamiento.
Llegada la noche, y después de atender a las necesidades
del descanso, acudieron al restaurante «Huertos del Palacio», donde les fueron
servidas viandas abundantes y sabrosas a precio tan razonable que ninguno halló
motivo para la queja. Antes bien, acordaron por unanimidad que aquel lugar
merecía ser recomendado a cuantos aventureros, caminantes o caballeros andantes
recorrieran en el futuro aquellas nobles tierras de La Mancha.
Y aquí se da fin a esta primera relación de sucesos, reservándose para
capítulos venideros las nuevas aventuras, peligros y lances que la fortuna
tuviese a bien ofrecer a tan animosa compañía.
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