Cuenta la historia, si no mienten los cronistas ni yerra la memoria de quienes la vivieron, que los esforzados componentes de la hermandad conocida por el nombre de “Crónicas Desde el Sillín” determinaron emprender una nueva aventura por las anchas y silenciosas tierras de La Mancha, aquella misma región donde, siglos atrás, un hidalgo de singular juicio y desmedida imaginación salió en busca de honra, justicia y aventuras bajo el nombre de don Quijote.
Fue ésta la novena de las expediciones acometidas por tan singular compañía, aunque, por razones que poco importan al lector y mucho a los relatores, se ha decidido alterar el orden natural de los acontecimientos y traer primero a estas páginas la más reciente de ellas, dejando para ocasión venidera la narración de las anteriores, que aguardan pacientemente su turno para ser contadas.
Eran diez los integrantes de aquella ilustre comitiva, hombres de variadas habilidades y saberes, cuya unión hacía pensar que no había empresa demasiado ardua ni camino demasiado largo para sus piernas y voluntades.
Mandaba en las labores de apoyo “El Capitán”, quien, al mando de la noble y fiel Furgo, seguía las andanzas de la tropa con ojo atento y disposición constante para acudir allí donde la necesidad lo reclamase. Aurelio ejercía el oficio de guía, custodio de tracks y derroteros, impidiendo que los viajeros se perdiesen por veredas desconocidas o acabasen combatiendo imaginarios gigantes donde sólo hubiese molinos. Benito A., sabio en materias pétreas, ilustraba a sus compañeros acerca de piedras, riscos, cantos y demás secretos de la tierra. Manuel M., docto conocedor de árboles, maderas y bosques, hallaba siempre ocasión para compartir algún conocimiento sobre la naturaleza que adornaba el camino. Javier M., médico de la expedición, velaba por la salud de todos con la prudencia que exige tan noble ministerio.
Xosé Lois V., contador de maravedíes modernos y custodio de las cuentas, tenía a su cargo el delicado gobierno de gastos y desembolsos, tarea tan importante como poco celebrada. Juanma B., maestro en las artes informáticas, resolvía con destreza los enigmas de la tecnología. Manuel C., matemático de precisa inteligencia, informaba puntualmente de distancias, velocidades y tiempos, como si llevase oculto en la cabeza un astrolabio de última generación. Manuel P., hábil en electrónica y mecánicas diversas, acudía al remedio de cualquier avería o contratiempo técnico. Cerraba tan distinguida nómina Manuel L., la más reciente incorporación al grupo, enfermero diligente y hombre de disposición tan generosa que jamás se le oyó negar ayuda a quien la precisara.
Y aunque algunos pudieran pensar que tan diferentes oficios habrían de producir desorden y confusión, sucedía precisamente lo contrario, pues cada cual aportaba su saber al bien común, formando entre todos una compañía tan bien avenida que parecía destinada por la fortuna para recorrer caminos y acumular recuerdos.
La ruta escogida era circular y tenía su principio y su término en la noble localidad de Alcázar de San Juan. Para su diseño se tomaron como referencia los itinerarios trazados por otros viajeros y aventureros de nuestro tiempo, especialmente los de “Con Alforjas” y “Wikiloc”, aunque no faltaron las modificaciones que la prudencia y las circunstancias aconsejaron.
La primera fue alterar el sentido de la marcha, pues donde los autores originales proponían girar siguiendo el movimiento de las agujas del reloj, nuestros viajeros resolvieron hacerlo en dirección contraria, quizá por llevar en el espíritu algo de aquella inclinación quijotesca a desafiar lo establecido. La segunda consistió en reducir las siete jornadas previstas a sólo seis, no por falta de ánimo ni de fuerzas, sino por las exigencias inexorables del calendario. Finalmente, fue preciso modificar parte del recorrido junto a las famosas Lagunas de Ruidera, pues el camino señalado atravesaba una zona protegida donde estaba prohibido el paso, y nunca fue costumbre de esta hermandad buscar aventuras a costa de quebrantar las normas.
Quedó así ordenada la empresa:
Primera jornada: Alcázar de San Juan – Villarrubia de los Ojos. 56,7 kilómetros.
Segunda jornada: Villarrubia de los Ojos – Almagro. 62,8 kilómetros.
Tercera jornada: Almagro – San Carlos del Valle. 66,76 kilómetros.
Cuarta jornada: San Carlos del Valle – Ruidera. 61,02 kilómetros.
Quinta jornada: Ruidera – Tomelloso. 64,61 kilómetros.
Sexta jornada: Tomelloso – Alcázar de San Juan. 54,5 kilómetros.
Aconteció, pues, que el viernes 8 de mayo llegó la compañía a Alcázar de San Juan, donde había de comenzar la aventura. Tras dejar atrás caminos y obligaciones cotidianas, buscaron acomodo en la Venta del Molino, hospedaje cuyo aspecto exterior despertó elevadas expectativas entre los viajeros. Mas quiso la fortuna que la apariencia de la fachada aventajase notablemente a la calidad de los aposentos, recordándonos una vez más aquella antigua enseñanza según la cual no siempre es oro cuanto reluce.
Llegada la noche, encaminaron sus pasos hacia el Restaurante Asador Javi para reparar las fuerzas antes de afrontar las jornadas venideras. Allí fueron servidos con viandas sabrosas y vinos dignos de acompañar una conversación entre amigos. No obstante, cuando llegó el momento de ajustar las cuentas, algunos caballeros de la expedición observaron que el importe parecía algo elevado para la concurrencia existente, pues además de los diez miembros de la hermandad apenas ocupaban el establecimiento dos parejas más.
Pero como los buenos aventureros saben que una cena, por abundante o costosa que sea, no puede empañar la ilusión de un viaje que está a punto de comenzar, dieron por bien empleados aquellos maravedíes modernos y regresaron a sus aposentos con el ánimo puesto en los caminos manchegos que les aguardaban al alba, donde, si no gigantes, al menos habrían de encontrar molinos, lagunas, pueblos antiguos y un buen puñado de historias dignas de ser contadas.
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