viernes, 12 de junio de 2026

ETAPA 2. VILLARRUBIA DE LOS OJOS – ALMAGRO. 10/05/2026


Capítulo Segundo

Por las mismas tierras que un día hollaron las andanzas del ingenioso hidalgo don Quijote, proseguimos nuestro caminar rumbo a Almagro. La lluvia, pertinaz y testaruda, salió a nuestro encuentro desde el alba, mas fue incapaz de desviar nuestro propósito ni de empañar la belleza de cuanto hallamos en el camino.

Quiso la fortuna que la segunda jornada de nuestra andanza amaneciese cubierta por espesos nubarrones, de aquellos que parecen empeñados en probar la determinación de los viajeros. No por ello desfallecieron nuestros ánimos, antes bien, tras reparar fuerzas en el bar “La Plaza”, nos dispusimos a emprender camino hacia la noble villa de Almagro, enfundados en capas impermeables y bien prevenidos contra los rigores de los cielos.

Plaza Mayor. Villarrubia de los Ojos

Apenas habíamos dejado atrás Villarrubia cuando comenzó la lluvia a acompañarnos con tal constancia que parecía haberse unido a nuestra comitiva como silenciosa escudera. Mas, como bien saben quienes recorren los caminos de La Mancha, no hay inclemencia capaz de detener a quien tiene puesta la voluntad en el destino.


Las Tablas de Daimiel

Llegados al kilómetro catorce, hicimos alto en el parque naturas de las Tablas de Daimiel, lugar tan singular y hermoso que bien pudiera haberse antojado encantamiento de algún sabio amigo de la naturaleza. La providencia quiso mostrárnoslo colmado de agua, merced a las recientes lluvias que habían devuelto la vida a aquellos humedales tras largos años de sed y sequía.

Las Tablas de Daimiel

Allí contemplamos un espectáculo digno de memoria. Sobre las aguas reposaban colimbos lavancos, patos reales, fochas comunes y gallinas de agua, mientras algún rascón se ocultaba entre la vegetación. Por encima de nuestras cabezas, como señora y dueña de aquellos dominios, planeaba un águila de las marismas. También descubrimos aves llegadas de tierras lejanas para criar en la primavera manchega, como el pato colorado y el porrón europeo, maestros ambos en las artes del buceo. Hubiéramos permanecido allí largo tiempo, armados de prismáticos en lugar de lanzas, observando aquella república alada; pero el camino, que nunca espera a nadie, reclamaba nuestra presencia.

Prosiguiendo la marcha alcanzamos el kilómetro treinta, donde se alzan las venerables ruinas de Calatrava la Vieja. Contemplando aquellas piedras centenarias, fácil resultaba imaginar el ir y venir de guerreros, mercaderes y frailes soldados cuando aquellas tierras eran frontera entre reinos. Allí tuvo asiento la poderosa Orden de Calatrava, cuyos caballeros velaron durante siglos por estos caminos que ahora recorríamos con mucho menos estruendo y bastante menos gloria.

Calatrava la Vieja.

La lluvia, fiel compañera de toda la jornada, no nos abandonó mientras avanzábamos hasta Carrión de Calatrava. En esta apacible villa destaca el Torreón, robusto centinela de piedra que parece seguir vigilando, siglos después, el horizonte manchego. Sus sólidos muros y su noble fábrica evocan tiempos en que las fortalezas eran refugio y esperanza para quienes transitaban por estas tierras.

Carrión de Calatrava

Fue allí donde decidimos detenernos para tomar avituallamiento. Refugiados bajo unas humildes sombrillas que combatían con desigual fortuna el empuje del agua, dimos cuenta de nuestras provisiones. No era banquete de reyes ni festín de duques, pero a los caminantes les supo tan bien como los mejores manjares descritos en las novelas de caballerías.

Reanudamos la marcha en dirección a Torralba de Calatrava, cuya principal joya es su Patio de Comedias, digno heredero de la tradición teatral que tan profundamente arraigó en estas tierras. Bien pudiera uno imaginar a cómicos, poetas y trovadores llenando sus tablas de versos y aventuras para deleite del pueblo.

Y cuando ya las piernas comenzaban a recordar los kilómetros acumulados, apareció por fin Almagro en el horizonte. Mas la ilustre ciudad decidió recibirnos con una formidable tromba de agua, como si quisiera examinar por última vez nuestro temple antes de franquearnos sus puertas.

Almagro. Plaza Mayor

Una vez conquistado el destino, nada hubo más placentero que una buena ducha caliente para devolver el calor a los cuerpos castigados por la lluvia. Secadas las ropas y restaurados los ánimos, salimos a recorrer la incomparable Plaza Mayor, verdadero corazón de Almagro. Sus galerías acristaladas de color verde, sostenidas por esbeltas columnas de piedra y nobles estructuras de madera, ofrecen una estampa tan singular que parece detenida en el tiempo, como si los siglos hubiesen decidido respetarla por puro deleite estético.

Almagro. Plaza Mayor

Quiso además la fortuna premiar nuestros esfuerzos permitiéndonos asistir a la representación de El perro del hortelano, del insigne Lope de Vega, en el célebre Corral de Comedias. A causa de la lluvia, nuestras localidades fueron trasladadas desde el patio a unos balcones cuya visibilidad no era la más favorable. Sin embargo, poco importó aquel contratiempo, pues la calidad de los actores y la magia del lugar nos hicieron olvidar cualquier incomodidad. Salimos de allí tan satisfechos como quien regresa victorioso de una empresa largamente deseada.

Almagro. Corral de comedias

La cena tuvo lugar en el bar “El Quebranto”, cuyo nombre parecía aguardarnos desde el inicio del viaje. Allí dimos buena cuenta de unos excelentes cachopos acompañados de un generoso vino de La Mancha, digno compañero de mesa para cualquier caminante que aspire a recuperar las fuerzas perdidas. El trato recibido fue atento y cordial, aunque los altos taburetes en que hubimos de acomodarnos no resultaron tan hospitalarios como el resto de la experiencia.

Finalmente, buscamos reposo en la “Posada de los Caballeros”, nombre que parecía escogido expresamente para poner fin a nuestra jornada manchega. La hospedería, instalada en una hermosa casa del siglo XVI, posee un elegante patio interior donde el tiempo parece caminar más despacio. Su propietaria, doña Lorena, nos recibió con la cortesía y diligencia que siempre distinguen a los buenos anfitriones. 

Almagro. Posada de los Caballeros

Allí descansamos como caballeros tras la batalla, satisfechos de haber vencido una jornada en la que la lluvia jamás dejó de retarnos, pero tampoco logró apartarnos de nuestro propósito de alcanzar Almagro, una de las joyas más preciadas de estas tierras que un día recorrieron don Quijote y su fiel escudero. 


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