Capítulo tercero
En esta tercera etapa de nuestra andanza manchega, los caminos nos llevaron desde la histórica Almagro hasta la señorial villa de San Carlos del Valle, atravesando campos interminables y poblaciones cargadas de memoria y nobleza. Acompañados por un sol por fin benévolo, recorrimos tierras de castillos, templos y viñedos, completando una jornada tan hermosa en sus paisajes como rica en historias y descubrimientos.
Amaneció el día con mejores semblantes de los que en jornadas pasadas nos habían mostrado los cielos manchegos. Y así, antes de poner nuestros cuerpos y monturas modernas en el camino que nos había de llevar hasta la ilustre villa de San Carlos del Valle, acudimos a reparar fuerzas en la afamada Posada de los Caballeros. Hallamos allí mesa tan bien abastecida y tan copiosa variedad de manjares que no desmerecería de aquellas ventas donde los andantes caballeros hallaban alivio para sus fatigas y consuelo para sus hambres.
Y quiso la Fortuna, tan mudable como caprichosa, mostrarse favorable a nuestra empresa, pues el sol, que hasta entonces parecía haberse escondido tras velos de nubes y humedades, salió a nuestro encuentro como fiel escudero, acompañándonos con su luz dorada desde los primeros compases de la jornada.
No habíamos aún consumido cinco leguas cortas de nuestro camino cuando atravesamos la villa de Bolaños de Calatrava, donde se levanta, grave y silencioso, el Castillo de Doña Berenguela. Sus muros, curtidos por siglos de guerras, conquistas y olvidos, fueron levantados por manos musulmanas en el siglo XII. Después, cuando las armas cristianas alcanzaron la gloria en la memorable batalla de Las Navas de Tolosa, aquella fortaleza pasó a poder del rey Alfonso VIII, quien tuvo a bien entregarla a su hija doña Berenguela. Desde entonces quedó unido para siempre el nombre de la dama a aquellas piedras que aún hoy desafían el paso de los siglos.
| Bolaños de Calatrava. Castillo de Doña Berenguela |
Prosiguiendo nuestro avance por caminos llanos y horizontes interminables, llegamos al kilómetro treinta y tres y medio, donde nos aguardaba la ciudad de Manzanares. Allí, sintiendo ya el natural quebranto que acompaña a los viajeros constantes, hicimos parada en el gastrobar La Viña. Fuimos recibidos con cortesía y buen talante por sus dueños, quienes nos permitieron ocupar la terraza para dar cuenta de nuestros humildes pero bien ganados bocadillos, bastando para ello acompañarlos con refrescos, cafés y otras bebidas reparadoras.
| Manzanares, Iglesia de Santa Catalina |
En la Plaza Mayor alza su noble iglesia de la Asunción de Nuestra Señora, templo de grandes dimensiones y mayor dignidad.
No lejos de allí contemplamos asimismo el Gran Teatro de Manzanares, edificio que engaña al observador apresurado, pues aparenta haber visto desfilar generaciones enteras de espectadores. Sin embargo, fue inaugurado en tiempos bien recientes, allá por el año de 1995, aunque reproduce con fidelidad la fachada del teatro que ocupó aquel lugar desde 1911. De este modo, la memoria de los antiguos permanece viva bajo la apariencia renovada de los tiempos modernos.
| Manzanares. Gran Teatro |
También recorrimos el llamado Paseo del Sistema Solar, curioso artificio mediante el cual el caminante puede emprender viaje imaginario por los espacios celestes sin abandonar las calles de la ciudad, contemplando planetas y distancias reducidos a escala humana.
Reanudamos después nuestra marcha. Los kilómetros fueron cayendo uno tras otro con la misma parsimonia con que ruedan las estaciones sobre los campos de Castilla. Durante largas horas avanzamos entre extensiones de almendros, pistacheros y olivos; entre sembrados de cereales que ondulaban al compás del viento y viñedos que parecían no tener fin. Era un paisaje sobrio y sereno, de esos que hablan poco y dicen mucho, tan propio de estas tierras manchegas donde la imaginación de los hombres aprendió a convertir ventas en castillos y molinos en gigantes.
Y así, tras haber recorrido más de sesenta y seis kilómetros, apareció ante nuestros ojos San Carlos del Valle, como si emergiese de entre los campos al final de una larga aventura. Su Plaza Mayor, armoniosa y señorial, nos recibió con toda la magnificencia que la ha hecho merecedora de fama en la comarca. Presidiéndola se alza la iglesia del Santísimo Cristo del Valle, cuya grandiosa silueta domina el conjunto con la autoridad de quien ha contemplado el paso de generaciones enteras.
| San Carlos del Valle. Plaza Mayor |
Las habitaciones eran espaciosas y algunas gozaban del privilegio de abrir sus balcones a la plaza, permitiendo al huésped contemplar el ir y venir de la villa como desde un palco privilegiado.
Mas, como enseña la experiencia, no hay jornada tan venturosa que no traiga consigo algún pequeño desencanto. Llegada la hora de la cena acudimos al restaurante de la hospedería, siendo nosotros, diez viajeros, los únicos ocupantes del establecimiento. Ordenamos algunos entrantes para compartir y diversos platos principales. Mas he aquí que, cuando por fin llegaron a la mesa, los hallamos tan fríos como si hubiesen pasado la tarde entera al sereno. Tal circunstancia enfrió también parte de nuestro entusiasmo y empañó ligeramente el brillante recuerdo de una etapa que, por todo lo demás, había resultado digna de figurar en los anales de nuestras andanzas manchegas.
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