miércoles, 17 de junio de 2026

ETAPA 4: SAN CARLOS DEL VALLE - RUIDERA 12/05/2026

  Capítulo Cuarto

De San Carlos del Valle a Ruidera, en la cual se cuentan diversos sucesos, desventuras y vitorias acontecidas a los esforzados de la ruta.


Amaneció el día claro y prometedor, y, antes de acometer la empresa que nos aguardaba, acudimos a restaurar las fuerzas en El Bar de Manuel, donde dimos buena cuenta de cafés y tostadas. No fue banquete de príncipe ni mesa de señor poderoso, mas bastó para templar los ánimos y disponer los cuerpos para las fatigas venideras.

Hecho esto, pusimos rumbo a Ruidera, llevando por guía la ilusión y por compañera la incertidumbre, que nunca abandona a quienes se aventuran por caminos desconocidos.

Como ya se dijo al principio de esta relación, fue necesario alterar el trazado originalmente previsto, pues ciertas tierras y senderos habían sido vedados al paso. Y aunque semejante contratiempo pudiera haber desalentado a otros viajeros de menor determinación, supimos hallar una alternativa digna y provechosa. Sólo quedó como pequeña penitencia el tener que recorrer los últimos diez kilómetros por asfalto, superficie tan poco amable para el ciclismo como las armaduras mal ajustadas para el caballero novel.

Por fortuna, la lluvia, que hasta entonces nos había perseguido con la constancia de un acreedor paciente, decidió concedernos una tregua. En su lugar comparecieron el sol y unas temperaturas benignas, obligándonos a trocar los chubasqueros por protector solar y, más tarde, por abundantes unturas refrescantes para aliviar los estragos de la exposición. Así mudan las circunstancias en el mundo, y quien hoy huye del agua mañana busca refugio de los rayos del sol.

Villanueva de los Infantes. Iglesia de San Andrés.

Al llegar al kilómetro 25 alcanzamos la ilustre villa de Villanueva de los Infantes, lugar de tanta historia y tan nobles recuerdos que cualquiera diría que las piedras de sus calles conservan aún ecos de siglos pasados. Deseábamos visitar la celda donde estuvo encerrado el ingenioso don Francisco de Quevedo y contemplar el lugar donde reposan sus restos. Mas quiso la fortuna mostrarnos una vez más su naturaleza caprichosa.

Villanueva de los Infantes. Plaza Mayor

Hallamos cerrada la primera por ser martes, jornada destinada al descanso, y cuando acudimos al templo donde yace el poeta, descubrimos que sus puertas se disponían a cerrarse para el reposo del mediodía. De este modo, aquello que parecía empresa fácil acabó convertido en derrota sin combate, una de esas pequeñas burlas con las que el destino entretiene sus ocios.

Prosiguiendo nuestra marcha, alcanzamos en el kilómetro 37 la villa de Carrizosa, donde nos aguardaba el Capitán con la puntualidad de un reloj suizo y la generosidad de un buen escudero. Traía consigo las provisiones necesarias para sostener el ánimo de la expedición: jamón, queso, chorizo, pan y abundante fruta.

Fue aquel refrigerio recibido con tanto entusiasmo como pudiera recibirse un tesoro recién descubierto. Bien es cierto que el pan comenzaba ya a inspirarnos sentimientos encontrados, pues la repetición diaria de tan noble alimento amenazaba con convertir el entusiasmo inicial en resignada costumbre.

No menos dificultosa resultó la búsqueda de un lugar donde celebrar tan merecido almuerzo. Los dos mesones del pueblo permanecían cerrados, como fortalezas abandonadas tras el paso de un ejército. Tras no poca pesquisa, hallamos refugio en la terraza de la estación de servicio Familia León Rodríguez, que nos acogió con hospitalidad suficiente para reponer fuerzas y continuar la jornada.

Volvimos entonces a los caminos con renovado empeño. Mas apenas dejamos atrás Carrizosa, el terreno decidió probarnos con varias rampas de considerable dureza. Y como suele acontecer en estas ocasiones, las pendientes parecían crecer en proporción directa al contenido de nuestros estómagos.

Superado aquel trance y alcanzada por fin una zona más llana, surgió en el horizonte una nueva adversaria: una tormenta oscura y amenazante que comenzó a seguir nuestros pasos con la perseverancia de un enemigo obstinado. Durante más de diez kilómetros avanzó tras nosotros, vigilante y silenciosa, como si aguardara el momento propicio para lanzarse sobre la expedición.


Mas los caminantes, lejos de arredrarse, respondieron con una aceleración digna de los mejores cronistas deportivos. Y así, en una suerte de justa contra las nubes, conseguimos mantener la ventaja suficiente para escapar de sus dominios y evitar sus aguaceros.


Finalmente, tras recorrer los últimos diez kilómetros por la N-430, apareció ante nosotros Ruidera. Y con ella, como visión prometida al final de una larga empresa, surgió la hermosa Laguna del Rey, cuyas aguas brillaban bajo la luz de la tarde.

Ruidera. Laguna del Rey

No exagerará quien diga que aquella primera visión fue recibida con la satisfacción que experimenta el navegante al divisar puerto seguro después de una larga travesía.

Nuestro alojamiento fue en los apartamentos turísticos Doña Ruidera, situados sobre un altozano desde el que se dominan las lagunas y buena parte del paisaje circundante. Las habitaciones resultaron espaciosas, limpias y confortables; algunas, incluso, gozaban del privilegio de contemplar las aguas desde sus ventanas.


Concluyeron las fatigas de la jornada con una reparadora ducha y un paseo sosegado junto a las lagunas, cuyas aguas parecían olvidar las prisas y preocupaciones del camino.


La cena tuvo lugar en el establecimiento llamado Aquí me Quedo, nombre tan oportuno que bien hubiera podido servir de lema para toda la expedición a esas horas de la tarde. Las tapas resultaron sabrosas y bien ejecutadas, con una relación calidad-precio más que honrosa.

Sólo hubo una sombra en tan feliz desenlace: el vino. Y es que el establecimiento ofrecía una única referencia que, siendo caritativos en el juicio, no alcanzaba la excelencia esperada en tierras manchegas. No obstante, obraba un pequeño milagro cuando se mezclaba con gaseosa, circunstancia que algunos celebraron con resignación filosófica y otros con sincera gratitud.

Y así terminó la cuarta etapa de nuestra aventura, sin heridas que lamentar, sin tormentas que nos alcanzasen y con las Lagunas de Ruidera conquistadas, no por las armas, sino por la constancia, que es virtud mucho más útil para el viajero que la fuerza para el guerrero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario