La quinta jornada de nuestro recorrido por tierras manchegas nos llevó desde las Lagunas de Ruidera hasta Tomelloso, atravesando algunos de los paisajes más emblemáticos vinculados al Guadiana y a la tradición cervantina. Entre parajes de singular belleza, caminos exigentes y merecidos descansos, la etapa dejó un buen puñado de recuerdos y anécdotas dignas de ser contadas.
Quinto día de nuestra andanza por los caminos de La Mancha. Apenas hubo despuntado la aurora y retirado la noche su oscuro manto, despertamos bajo la benigna mirada de un sol gallardo y resplandeciente que, cual leal escudero de nuestra pequeña compañía, habría de acompañarnos sin desmayo durante toda la jornada. Como ya venía siendo costumbre en esta empresa, dimos buena cuenta de un desayuno compuesto de cafés, frutas, zumos y tostadas en la cafetería Blanco y Negro de Ruidera, donde repusimos fuerzas y ánimos para las fatigas que el camino nos tenía reservadas.
Vueltos nuevamente a Ruidera, pusimos rumbo hacia Tomelloso. Siguiendo el curso descendente del Guadiana, todavía tuvimos ocasión de admirar otras lagunas menores, como las de la Morenilla y el Cenagal, hasta alcanzar el embalse de Peñarroya.
El terreno, áspero y quebrado, parecía empeñado en probar la resistencia de los caminantes, con continuas subidas y bajadas que castigaban las piernas con más rigor del que un caballero desearía encontrar en jornada tan avanzada. Mas, como bien enseñan los libros de caballerías, no hay aventura digna de memoria que se conquiste sin esfuerzo.
En toda aquella etapa, la única villa que habríamos de atravesar antes de alcanzar nuestro destino era Argamasilla de Alba, lugar de resonancias cervantinas y estrechamente ligado a la memoria del Ingenioso Hidalgo. Pero antes de llegar a ella, el Capitán, cuya prudencia en los asuntos del camino rivalizaba con la de Sancho Panza cuando de buscar buen yantar y sombra fresca se trataba, decidió levantar nuestro improvisado campamento junto a la presa del embalse.
| Castillo de Peñarroya |
| El descanso del guerrero |
Es en estos parajes donde la tradición afirma que el Guadiana desaparece. Y no faltará quien atribuya tal prodigio a encantadores, hechizos o artes ocultas. Pero la verdad, aunque menos fantástica, no deja de ser admirable. Poco a poco, el río va entregando sus aguas a una extensa tierra de humedales poblada de juncos y espadañas, filtrándose lentamente hasta desaparecer de la vista de los hombres. Entonces prosigue su viaje por las entrañas de la Mancha, alimentando el vasto Acuífero 23, inmenso depósito subterráneo oculto bajo la llanura, para reaparecer más adelante en tierras de Villarrubia de los Ojos, como caballero andante que, tras perderse tras una colina, vuelve inesperadamente a mostrarse ante quienes lo daban por desaparecido.
Tras una breve parada en Argamasilla de Alba para refrescar los gaznates y aliviar los rigores de la jornada, emprendimos los últimos kilómetros hacia Tomelloso. El camino discurría por unas pistas que, a fe de buenos caminantes, más parecían escenario de alguna derrota que senda de viajeros, pues durante varios kilómetros se sucedían lavadoras, televisores, colchones, neveras y toda suerte de enseres abandonados. Triste visión para una tierra tan noble y cargada de historia, que merece ser recordada por sus paisajes y no por semejantes descuidos.
Finalmente alcanzamos Tomelloso cuando el día comenzaba a declinar. Allí hallamos merecido reposo en el Hotel Ramomar, cuyos aposentos resultaron amplios y confortables, muy apropiados para el descanso de quienes llevaban ya muchos kilómetros sobre las piernas. En la recepción nos aguardaban dos doncellas: una de origen francés, amable en el trato y generosa en sonrisas; la otra, digámoslo con la caridad que conviene a todo cronista, parecía hallarse aquel día poco inclinada a los ejercicios de la cordialidad. Con todo, semejante circunstancia en nada empañó las bondades del establecimiento, cuya relación entre calidad y precio juzgamos más que satisfactoria.
| Tomelloso. Plinio |
Ya entrada la noche, cuando el cansancio comenzaba a trocarse en apetito, acudimos al restaurante La Antigua para celebrar el final de la jornada. Hallamos allí un lugar acogedor y de agradable presencia, con reservados confortables y una bodega digna de elogio, capaz de alegrar el ánimo del más fatigado de los viajeros.
| Tomelloso. Restaurante La Antigua |
La experiencia culinaria fue tan variada como suelen ser las aventuras del camino. Algunos de los platos que llegaron a nuestra mesa resultaron sabrosos y cuidadosamente elaborados, merecedores del aplauso de los comensales; otros, en cambio, despertaron pareceres más encontrados. Especial recuerdo nos dejó el arroz negro, aunque no precisamente por la abundancia del arroz, pues bien podría decirse, parafraseando a los viejos hidalgos manchegos, que aquella sal traía poco arroz en su compañía.
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