Capitulo sexto
Llegó, finalmente, la postrera jornada de nuestra andante empresa por las tierras de La Mancha, donde habrían de medirse las últimas fuerzas del cuerpo y los últimos bríos del ánimo. Entre molinos legendarios y caminos apacibles, pusimos digno remate a seis días de aventuras dignas de ser confiadas a la memoria de los viajeros.
Quiso la Fortuna que el alba de aquel postrer día nos hallase con ánimo dispuesto y cuerpo razonablemente reparado de las fatigas acumuladas en las jornadas precedentes. Antes, empero, de echar pie al estribo de nuestras fieles cabalgaduras de hierro, acudimos al sustento matinal que nos aguardaba en la venta donde habíamos hecho noche, llamada Hotel Ramomar. Allí nos fueron servidos un refrescante zumo natural, aromático café y tostada untada con aceite y tomate, todo ello por siete monedas de euro, precio convenido desde la víspera.
Mas quiso la casualidad, que tantas veces se disfraza de maestra de las
cosas humanas, mostrarnos que semejante refrigerio costaba tan sólo cinco
monedas y media a quienes no estaban alojados ni habían dado aviso previo de su
intención de desayunar. Quedamos algo suspensos ante tan singular artificio
mercantil, aunque, siendo ya veteranos en caminos y hospedajes, decidimos no
gastar más pensamientos en asunto tan terreno.
Concluido el yantar, emprendimos la marcha en lo que
habría de ser la última etapa de nuestra dilatada aventura. Era el camino tan
llano y apacible que apenas hallaban las ruedas motivo para el esfuerzo, y
sospechamos que el ingenioso trazador de aquella ruta, viendo que escaseaban
las leguas entre el punto de partida y el destino, quiso alargar el recorrido
con vueltas y revueltas, a semejanza de aquellos narradores que, no queriendo
poner fin a una historia, la adornan con episodios y rodeos para deleite del
lector.
Así fuimos avanzando por los inmensos campos manchegos, donde la vista se pierde en horizontes tan vastos que parecen no tener fin, y donde el cielo y la tierra se dan la mano en una eterna conversación de luz y silencio. Y después de recorrer treinta y nueve kilómetros de honrado pedaleo, llegamos a la célebre villa de Campo de Criptana, patria de aquellos colosales gigantes que tan mala fama cobraron desde que el valeroso don Quijote de la Mancha los confundiese con desaforados enemigos.
Detuvimos allí nuestro avance para restaurar las fuerzas
menguadas en la Cervecería Sancho, establecimiento situado en la Plaza Mayor,
cuyo nombre pareció especialmente apropiado para cuantos viajábamos por tierras
tan ligadas a la memoria del Caballero de la Triste Figura. Repuestos cuerpo y
espíritu, encaminamos nuestros pasos hacia el cerro donde se alzan los famosos
molinos.
¡Qué espectáculo aquel para los ojos del viajero! Allí estaban, erguidos sobre la loma como centinelas de otra edad, moviendo lentamente sus aspas al capricho de los vientos manchegos.
Parecían vigilar desde siglos atrás aquellos campos infinitos, guardianes silenciosos de leyendas, trabajos y recuerdos. Y no pudimos menos que detenernos a contemplarlos largamente, imaginando al hidalgo caballero lanzando su acometida contra tan formidables adversarios.
Mas aún no estaba concluida nuestra empresa. Restaba una última prueba para
poner digno remate a seis días de caminos, sudores y aventuras. Así pues,
reunimos las pocas fuerzas que todavía quedaban en nuestros cansados cuerpos y
acometimos la ascensión al Cerro de San Antón donde se levantan los molinos de Alcázar de San
Juan.
Fue aquella subida nuestro último desafío, nuestro postrer torneo contra el cansancio y la gravedad. Cada pedalada parecía exigir el tributo de los kilómetros acumulados, pero el orgullo del viajero suele ser más resistente que sus piernas, y así alcanzamos finalmente la cumbre. Desde allí contemplamos por última vez el inmenso mar de tierras manchegas que habíamos recorrido durante aquellos días, sintiendo esa mezcla de satisfacción y melancolía que acompaña siempre al final de las buenas aventuras.
Y quiso entonces la Providencia recompensar nuestros esfuerzos, pues desde aquel punto todo fue descenso y comodidad. Las bicicletas rodaban casi por su propia voluntad, como si ellas también supieran que la empresa tocaba a su fin y deseasen regalarnos una última muestra de benevolencia.
Llegada la noche, acudimos a una casa de comidas llamada El Alba, donde nos dispusimos a celebrar el feliz término de nuestra expedición. Hallamos el establecimiento prácticamente desierto, pues éramos los únicos comensales que ocupaban sus mesas. Cenamos con gusto y abundancia, dando buena cuenta de diversas raciones que satisficieron sobradamente nuestro apetito.
No obstante, cuando la velada avanzaba y el descanso
parecía asentarse sobre el lugar, el propietario tuvo a bien despertar el
estrépito de un aparato de televisión, elevando su voz hasta tal extremo que
apenas quedaba espacio para la conversación o el sosiego. Interpretamos aquel
proceder como una elegante aunque inequívoca invitación a concluir nuestra
estancia y buscar otros horizontes. Y, como reza el viejo adagio castellano, a
buen entendedor pocas palabras bastan.
Y aquí pone punto final el cronista de estas andanzas.
Atrás quedan los caminos polvorientos, los amaneceres sobre la llanura, los
pueblos hospitalarios, los molinos que desafían al tiempo y las innumerables
pedaladas con que conquistamos cada jornada. Si algo hemos aprendido en esta
empresa es que toda aventura, por larga que parezca, termina llegando a su
puerto; pero también que cada final no es sino el comienzo de un nuevo deseo de
partir.
Así concluye nuestra peregrinación ciclista por los campos de la Mancha.
Queden estas páginas como humilde memoria de lo vivido y como testimonio de que
todavía hoy es posible recorrer las tierras de don Quijote y sentir, aunque
sólo sea por un instante, el espíritu de la caballería andante cabalgando junto
a nosotros.
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