Penúltima etapa de la ruta, y —contra todo pronóstico— seguimos enteros, que ya es bastante decir. De momento lo llevamos sorprendentemente bien: ni incidentes, ni accidentes… solo alguna caída leve, de esas que se solucionan con un poco de “chapa y pintura” y, sobre todo, con unas buenas risas para disimular el orgullo herido.
Nos enfrentamos a una nueva etapa rompepiernas: 55 kilómetros sin un solo respiro, de esos que te hacen replantearte tus decisiones vitales en cada cuesta. Subes, bajas, vuelves a subir… y así en bucle, como si alguien hubiera diseñado el recorrido con especial cariño hacia el sufrimiento ajeno. Menos mal que, aproximadamente a mitad de camino, apareció el clásico avituallamiento, ese oasis bendito donde todo sabe mejor y donde uno recupera la fe en la humanidad… y en sus propias piernas.
Finalmente, llegamos a Carrapateira, un pequeño pueblo que
nos recibió con una temperatura más que agradable y un inconfundible ambiente
surfero. Entre tablas, neoprenos y esa calma relajada que parece flotar en el
aire, nos encontramos con una enorme playa que invita tanto a pasear como a
dejarse caer sin hacer absolutamente nada (opción muy tentadora en ese
momento).
Nos alojamos en la “Pensão das Dunas”, un lugar estupendo y muy cercano a una espectacular playa de dunas —el nombre, desde luego, no engaña—. Fuimos por recomendación de un amigo, y esta vez hay que reconocer que acertó de pleno (lo cual tampoco es habitual, todo hay que decirlo).
Para cerrar el día como se merece, cenamos en el “Restaurantedo Cabrita”, situado a las afueras del pueblo, en la zona de playas y con la gran ventaja de no tener que jugar al Tetris para aparcar. Como en la mayoría de sitios por la zona, disfrutamos de comida portuguesa: pescado fresco, platos abundantes y precios más que razonables. En resumen, el tipo de cena que te reconcilia con la vida… y te hace olvidar, al menos por unas horas, los 55 kilómetros que llevas en las piernas.
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